© Patricia Karina Vergara Sánchez
pakave@hotmail.com


DOCUMENTOS DE PENSAMIENTO LESBOFEMINISTA

Cuando quiero decir lo que miro en mi realidad cotidiana, me busco en un lugar distinto. Yo que hablo una lengua en femenina, nos reconozco, me reconozco en la ovarimonia, en la palabra dada por las mujeres a partir de la experiencia que pasa por nuestras cuerpas y desde nuestros pensamientos y ejercicios reflexivos, aquella que no necesita ser validada desde la lógica y la razón que rigen hoy a un sistema mundo que no es nuestro.


sábado, 2 de diciembre de 2017

EL DESEO POSIBLE

(Breve nota autobiográfica de una prófuga de la heterosexualidad obligatoria)


Patricia Karina Vergara Sánchez 
pakave@hotmail.com

Cuando yo era niña, era todo un cabroncito. No encuentro otra palabra para definirme. Subía a los árboles -especialmente a una higuera viejísima a la cual tenía prohibido subirme-, espantaba a las gallinas o dejaba escapar a los conejos, inventaba travesuras. Mi hermano y yo tenemos once meses de diferencia de edad, así que siempre jugábamos juntos, pero yo era la insoportable. Si había algún desperfecto o una travesura imperdonable, siempre era yo la culpable (aunque creo que alguna vez no fui yo). Mi hermano, a veces me seguía y a veces me acusaba, pero lo cierto es que lo intimidaba y terminaba por convencerlo de acompañarme a alguna aventura peligrosísima. Era yo la que se subía los juegos, la que se montaba al caballo, la que corría el auto de pedales de mi hermano a toda velocidad, la que robaba los camioncitos de construcción amarillos -que mi abuela le compraba a él, al salir de misa- y jugaba a construir grandes edificios, también me robaba el camión que le habían traído los Reyes Magos para tener aventuras en el patio, era yo la que a los cinco o seis años brincaba la barda para ir a jugar a la casa vecina…. Era valiente, intrépida, indomable, respondona. Rara vez me regañaban, fui muy consentida. Por supuesto, yo era el orgullo de mi padre, sólo me faltaba un grado para ser niño. Los adultos lo sabían, pero yo no, ni siquiera me planteaba que hubiera una diferencia entre mi hermano y yo, entre ser niño o niña. Ahora, me alegro mucho de haber nacido hace décadas, de lo contrario ya me estuvieran hormonando por lo “masculina” que resultaba.

Como eso no sucedió, al paso del tiempo tuve mis dosis de introyección de la feminidad. Las fotos de mi infancia son documentos interesantes. Mi hermano y yo siempre vestíamos igual: overoles, pants, pijamas, shorts. Pero, cuando comenzamos a crecer, para los días “especiales” a mí me cambiaban de atuendo. Aún recuerdo la pelea entre mi abuela y mi madre porque mi abuela priorizaba la comodidad y que estuviera calientita y mi mamá quería llevarme a su evento con un vestido de hombros descubiertos. Vestidos tuve cinco, que recuerdo particularmente, mi madre los compraba para fiestas y días formales. Hubo dos que me gustaron mucho. Uno porque mi cerebro de niña lo hacía igualito al de Alicia, del País de las Maravillas y uno azul que era maravilloso porque cuando yo giraba la tela volaba y volaba y me sentía parte del viento. Por supuesto, tuve muñecas y platitos, cientos y cientos -tengo la impresión-. 

Toda mi infancia traté de combinar aceptablemente los mandatos de la feminidad con mi machorrez, pero nunca supe estar lo bastante peinada, ni limpia, ni entender las modas, ni logré vestirme, comportarme o parecerme a las demás. A los 10 años me pasaron dos cosas maravillosas: tuve una bicicleta y me mudé frente a donde vivía Mariela, que también tenía 10 años y era tan machorra como yo, Los vecinos la apodaban “Luis Miguel” por la melenita y la pinta de niño que tenía. Jugábamos carreras en bici, íbamos a pescar al lago, pedaleábamos mucho más lejos de donde teníamos permitido, jugábamos luchitas en la colchoneta… y, al paso de los años, nos besamos.

Mariela no fue la primera mujer o niña con la que me besé. También, a los cinco años, me besaba con una vecinita que se llamaba Tania, atrás de la higuera de mi abuela, al lado del gallinero.

A los siete años Yani, una vecinita de mi edad, insistía en que nos bañáramos desnudas en su casa y luego me secaba el cabello con la secadora para que no se dieran cuenta en la mía que nos habíamos bañado, hasta el día en que se descompuso la maldita secadora. Evidentemente, era un juego de exploración entre dos niñas, pero lo que más conservo es la sensación de ternura en el recuerdo. La mamá de Yani, insistía en decir que su hijo era mi novio, ni siquiera me acuerdo de la cara del hijo. Instintivamente, yo no contradecía a la señora. 

En el jardín infantil me encantaba mirar a una niña que se llamaba Sol, que era, me parecía, la más hermosa y sus ojos brillaban mucho. La maestra me dijo que me gustaba Chucho, el chico que se sentaba al lado de Sol. Yo ni siquiera sabía que me gustaba Sol, sólo sabía que era lindo mirarla. Cuando la maestra me dijo que me gustaba Chucho, empecé a mirarlo también, pero Sol era linda y me gustaba su olor.

No es que yo fuera lesbiana desde pequeña o que diera un significado específico a esos sucesos, hasta me costó acomodar en el rompecabezas de mi propia historia esos recuerdos que parecía incoherentes, porque no encajaban en mi propia idea de mi heterosexualidad, Incluso llegaron a hacerme sentir avergonzada. Sin embargo, tengo muy claro que siempre hubo amigas que me parecían tremendamente hermosas, unas me provocaban más afecto y, algunas, más ternura que otras. Había quienes me provocaban un sentimiento especial, me parecía que quería abrazarlas, tocarlas, pero no entendía para qué. Yo no sabía ni siquiera que dos mujeres podían atraerse, no creía que pudieran amarse, lo que se entendía por amor en el sentido romántico entonces. Mucho menos me pasaba por la cabeza la idea de la sexualidad entre dos mujeres.

Creo que a Mariela y a mí, nos pasó algo similar. A pesar de la vida de machorrez, a pesar de tenernos una al lado de la otra, nos faltó imaginación para pensar que podríamos encontrarnos de otras maneras o nos pesó más la censura no explicita, pero bien implícita que obliga a concebir el mundo en la heterosexualidad. El tema es que ambas, casi al mismo tiempo nos transformamos en el aspecto, en la actitud y nos pusimos a dar nuestro afecto y sexualidad a dos jóvenes. Ella con él se casó, tuvo una hija y sigue en esa relación.

Recuerdo, la primera obligación para socializar en esa época y lugar era que te gustara un cantante pop y llenar tu habitación de posters con su imagen y suspirar con sus canciones en el aparato de sonido y, entonces, eras amiga de todas sus fans y rival de las que admiraban a otro. Interpreto esos momentos como los primeros de expresión, en donde mostrábamos el fruto de la socialización de toda nuestra infancia en la heterosexualidad. 

Recuerdo, también, en una etapa inmediata después o paralela, que, en los círculos de amigas, en la escuela y en las fiestas no se podía socializar si no era charlando cuánto se “sufría” por algún chico y la consigna era sufrir, llorar, emborracharse interactuar, tener largas charlas sobre qué habría querido decir con tal o cual frase o cuando miró hacia nosotras al pasar, ¿Le gusto o no le gusto? ¡Cuánta desesperación por gustar!

Igualmente, horas preguntándose si él estaba enamorado o no y responder test de revistas del corazón para saber si era “el chico ideal” ... Éramos círculos y círculos de mujeres jóvenes que no se miraban entre sí, que estaban juntas para rendir culto a la heterosexualidad y para entrenarnos unas a otras en renunciar a todo en nombre del amor. Como yeguas atadas en fila, jalando una misma carreta, al lado una de otra, pero con los ojos cubiertos para que no nos pudiéramos mirar al lado, apenas caminábamos juntas ese sendero ya trazado.

En esa misma época aprendí a maquillarme, a vestirme y a aparecer medianamente aceptable para los estándares que la feminidad exigía de mí, ante amenaza de exclusión, la sanción social que se hace a la “fea”, a la que no encaja, a la que no tiene hombre que la tenga. 

Me conseguí un novio y aprendí a enternecerme con cada gesto que él hacía y que mi entorno me hacía saber que era generoso y creí que eso era el amor. ¡Te trajo flores, es tan tierno!, ¡Te llevó a cenar, es tan dulce!, ¡Te dio un anillo de compromiso, es amor verdadero! ¡Es tan atento, tan indo, tan delicado! Para ser honesta, sí era atento, lindo y delicado. Sólo tenía que ofrecer mi cuerpo, mi trabajo de cuidado y mis afectos a cambio de esa generosa atención. 

Pude quedarme ahí, como Mariela. Hasta pude ser feliz, como, ojalá, lo sea Mariela. Incluso, pude tener algunas “aventuras” con mujeres, que estoy segura de que a él no le habrían incomodado e, incluso le habrían erotizado, porque, en el mundo heterosexual, el afecto y el sexo entre mujeres no es “verdadero” sexo, por lo tanto, mientras él siguiera siendo el hombre de esa relación, todo aquello que yo hiciera o viviera terminaría siendo capitalizado para su beneficio y disfrute.

Evidentemente, todo eso no lo pensaba a los 18 años. Yo sabía que tenía un novio envidiable, que era satisfactorio el sexo y que me hacía sentir amada y que nos casaríamos y que viviríamos en la casa que su familia nos iba a heredar y que por qué no me embarazaba ya, que sería tan lindo y que teníamos la vida de cuento asegurada.

La familia de él se oponía a que yo entrara a la universidad, para qué si su abuelo estudió hasta la secundaría y ya veía yo, todos le decían “ingeniero”. Creo que algo intuían porque lo que a mí me echó a perder fue que entré a la universidad y vi la vida de otras mujeres en otros lugares. Nadie me lo dijo. No había esos debates en las redes sobre la heterosexualidad obligatoria y la posibilidad de desafiar al régimen heterosexual, pero ocurrió algo mucho peor que las palabras: Yo las vi a ellas.

Vi mujeres viviendo sin marido, vi mujeres viviendo entre ellas, vi académicas y no académicas con palabras poderosas y que decidían sobre sus vidas sin pedir permiso a nadie. Afortunadamente no había redes sociales en ese tiempo porque habría creído, como creen algunas hoy, que el feminismo “más extremista” eran largos discursos en lugar de ver la vida cotidiana como un hecho concreto. Fui a sus casas y vi historias de años en autonomía y autoderminación y supe de sus luchas y tuve probaditas de la vida en el feminismo y desee esa vida para mí y supe que eso no podría ser con él, nunca, por más bueno que fuera él. 

No era malo, ni grosero, ni más violento que un hombre promedio, era guapo y simpático, era lo que toda madre desea para su hija y llevábamos años juntos. Eso hizo más difícil dejarlo, pienso. Nadie me lo pidió, nadie lo exigió, nadie siquiera lo sugirió, pero yo supe que tendría las alas cortadas a su lado. Ahí comencé a desvestirme de la heterosexualidad.

La otra parte difícil fue la de la sexualidad. En ese momento todavía no me pensaba la lesbiandad como una toma de postura política. Era parte de toda una gama de cosas nuevas que estaba conociendo y experimentando y decidí probar, saber qué se sentía, qué de ello volvía tan poderosas y peligrosas a esas mujeres que comenzaban a rodearme y que hablaban de sí, entre sí y no de ellos, que se acompañaban en una especie de cultura subalterna.

Cuando hablo de este momento de mi vida, siempre fanfarroneo contando cómo fui yo la que sedujo a quien luego sería mi primera pareja, cómo me le metí en la casa a ver supuestamente una película y terminé en su cama. Lo que nunca cuento es que, como a muchas, la crianza en la heterosexualidad me mutiló la imaginación, y nunca, ni en mis fantasías adolescentes me imaginaba cómo sería la sexualidad con otra mujer. ¿Qué se hacía? ¿Cómo se hacía? ¡Tenía pavor! Compré al menos tres revistas pornográficas intentando saber. Dinero pésimamente invertido, porque no obtuve información. El vértigo en la panza no era sólo porque iba a atreverme a insinuarme, sino porque si ella decía que sí, no sabía yo qué seguía. Me consolé diciéndome que sólo buscaría un beso y que ya lo demás sería en otra ocasión, mejor informada. Afortunadamente mi inexperiencia era evidente y, más afortunadamente, ella fue la mejor maestra del mundo.

Este no fue el final feliz de la historia. Vinieron años turbulentos. Si bien la magia de las relaciones sexuales, afectivas y políticas con otras mujeres me elevaba por los cielos, la heterosexualidad aprendida en los modos sexuales, de relacionarme, en las expectativas, en el amor romántico y, sobre todo, el capital social que implica vivir en relaciones heterosexuales, me hizo elegir vivir una relación hetero con “eventuales” relaciones con mujeres. 

El que fue mi compañero en esos años, sería hoy un “feministo.” Es el progenitor de mi hija. Buena persona, sensibilizado en cuestiones de género y sabía de mis “gustos” por otras mujeres, compañero con el que mucho tiempo compartí los mismos pisos políticos, hasta un poco heroico por sus compromisos y actuancia política. Éramos la pareja progre ideal. ¿Cómo se deja a un hombre así? 

“¡Es el padre de tu hija, por dios!”

En esa época vivía yo en la selva, tenía dos amigas con las que me articulaba políticamente. Sólo dos porque yo estaba, estábamos, alejadas y aisladas de todo. Nos veíamos de madrugada, como las brujas, por ciertas situaciones políticas específicas. Sin embargo, pese a las dificultades, nos sabíamos unas para las otras. Me sentí amándolas mucho, amor político intenso. Mientras otres hacían su insurgencia en otro lado, nosotras éramos insurgentas a lo chiquita, íntima, de pensamiento, pero de pensamientos que cambiaron mi vida.

Ese amor y el encuentro con ellas y con otras amoras del pasado, me hacía cuestionarme más y más qué hacía yo compartiendo mi vida política y afectiva en un lado y compartiendo mi vida amorosa y sexual con otro, por más coincidencia que con él pudiera tener.

Así, un día decidí, como decisión consciente y politizada dejar de compartir mi cuerpo, mi trabajo y cuidados con él. Me fui de ahí. Fue una ruptura muy dolorosa, porque yo le quería mucho, pero sabía que para mi vida quería otra cosa y para la vida de mi hija quería darle una maternidad distinta a las que conocía, aunque no sabía bien cómo era. 

De todas las elecciones políticas turbulentas que hubo en este país a finales de los noventas, la mía, privada y poco ruidosa, fue privilegiar el encuentro con las mías y compartir mi tiempo, cuidado y afectos en desobediencia permanente a la heterosexualidad obligatoria. Una obrerita del patriarcado, una nomás, de brazos cruzados, negada a sostener con el trabajo de su cuerpo el sistema mundo del patriarcado. Cierto que no he sido nunca más que una piedrecilla insignificante, pero al paso de los años me carcajeo cuando descubro cómo las piedrecillas en los zapatos dificultan el paso de quienes tienen el poder.

Luego, vinieron otros conflictos, mi ir y venir de los mandatos de la feminidad, eso y el racismo y la lesbofobia y la gordofobia que se han cruzado de muchas formas en mi cuerpo y mi vida, y cuando he tenido encuentros de vida con lesbianas violentas y cuando las “compañeras feministas” venden sueños por tres pesos o el constante confrontarme con esas incongruencias y mis propias contradicciones. Todo ello, da lugar a otros análisis y discusiones, pero lo que quiero hoy es contar que han pasado ya casi 18 años de que me declaré prófuga del mandato heterosexual y no me he arrepentido ni un segundo de esta elección. 

Hoy vine a hacer este recuento rapidito de cuando fui hetero, en otra vida, para compartir, por si a alguien le sirve, que yo sí dejé la heterosexualidad por elección politizada y que sí me inventé otros modos de desear y ser deseada.

En el contexto actual, de recientes discusiones de quienes dicen participar en diversos feminismos, algunas dolosas, otras desde la clara lesbofobia y algunas otras sólo poco informadas, quiero usar este espacio también para compartir cinco puntos con los que me he quedado reflexionando:

1.- El concepto “orientación sexual” viene de la sexología, legitimada por su cercanía con el Modelo Médico Hegemónico, que tiene muchas aristas a cuestionar, en tanto individualista, mercantilista, ahistórico, autoritario…. Sin embargo, es preciso reconocer que la función de la idea de “orientación” en la sexualidad fue importante históricamente hace más de veinte años como elemento de defensa y de consecución de los derechos humanos para el colectivo LGBT y ahí su aporte histórico, pero hasta ahí, no es la única posible manera de abordar la forma en que se desea y se obtiene placer para las personas.

2.- Desde otras miradas, que van desde teorías sociales construccionistas y estructuralistas e, incluso, ideas psicoanalíticas, psicodinámicas y, por supuesto, feministas, nadie nace con una “orientación”, sino que toda unidad anatomofisiológica, ser humana con vida, tiene la posibilidad de sentir placer y responder a estímulos en tanto terminaciones nerviosas tenemos. Sin embargo, el condicionamiento o construcción social nos enseñan a que aquellas que nacimos con vagina sólo podemos permitirnos sentir y erotizarnos cuando somos tocadas por sujetos que poseen pene.

Un ejemplo concretito de ese condicionamiento es la idea freudiana de que las mujeres debemos tener orgasmos en la vagina para ser sexualmente maduras, es decir, poner como secundario el placer clitoriano y obtener placer al ser nuestras vaginas estimuladas por un pene, ser, literalmente, la vaina, la funda del pene. Hoy en día, el imaginario social es que el placer de las mujeres depende del tamaño del pene que se introduce en su vagina.

Atención, estoy hablando de aquellas que nacimos con vagina, porque en el patriarcado depredador se enseña a quienes nacieron con pene a eyacular en donde mejor le plazca, sea vagina, ano o esfínter animal (por eso no hablo solamente del régimen heterosexual[1] y sí hago énfasis en reflexionar de heterosexualidad obligatoria[2], que es introyectada específicamente sobre las mujeres)

Entonces, pues, ninguna mujer nace con una orientación sexual hacia ningún lado, nacemos con la capacidad del placer y somos condicionadas hacia una sola manera de concebirlo en este sistema, porque concebir el placer -y la vida cotidiana- dependiente de un sujeto con pene, nos tendrá constantemente sujetas a servirle sexual, afectivamente y en labores de cuidado.

Hay algunas que, por múltiples veredas, consciente o inconscientemente, desde muy jóvenes, niñas apenas, logran escapar a esos mandatos, a esos condicionamientos y los cuestionan o desobedecen. De ellas, hay quienes se mantienen prófugas toda la vida, resisten, y hoy declaran, con hermosas sonrisas, que fueron lesbianas desde pequeñas, tal como si lo portaran en la piel.

Habemos quienes en algún momento fuimos asimiladas, atrapadas por el sistema heterosexualizante y pasamos años de nuestras vidas creyéndonos heterosexuales y nos fue muy difícil escapar de esa construcción, pero lo logramos, e incluso hoy podemos rescatar de nuestras historias esos momentos de desobediencia que nos fueron alumbrando el trayecto. Así, nos reivindicamos lesbianas.

Hay otras que nunca cuestionan o que aún cuestionándose nunca escapan o algunas defienden rabiosamente haber nacido en dependencia y complementariedad de un sujeto, o muchos, con pene y tal vez recuerden, tal vez no, que tuvieron o tienen momentos de desobediencia esporádica. 

Hay tantas más que se cuestionan, que desean salir del mandato heterosexual, pero situaciones de dependencia económica, situaciones laborales, la amenaza real de perder a sus hijos o la situación social, cultural, política o legal del país se los dificulta y en muchas ocasiones, lo vuelve imposible. Sin embargo, muchas de ellas encuentran momentos, símbolos y gestos radicales de desobediencia.

3.- Cuestionar a la heterosexualidad obligatoria y al régimen heterosexual, plantear la elección sexual como un acto político y posible, no equivale a apoyar las terapias de conversión de los conservadores. La diferencia es obvia, pero voy a explicarla:

Las terapias de conversión son aquellas en las que desde el poder que da la hegemonía heterosexual se tortura a gays y lesbianas y lo que buscan es atrapar a quienes desobedecen al régimen heterosexual y obligarlos, mediante coerción y violencia, a someterse a ese régimen y cumplir el papel asignado en el patriarcado.

Quienes invitamos a cuestionar a la heterosexualidad obligatoria y al régimen heterosexual, proponemos -desde nuestra mera voz no hegemónica y que no puede obligar a nadie a nada-, desmantelar la forma en que se nos convierte, sobre todo a las mujeres, en servidoras el sistema político, económico, social y cultural.

4.- Desnaturalizar la idea de que aquellas nacidas con vagina existimos en el mundo para recibir los penes y las eyaculaciones de los hombres y, curiosamente, de manera paralela hacerles todo el trabajo reproductivo que mantiene girando la economía del sistema de producción en el que habitamos, es crítica directa al sistema patriarcal y al sistema capitalista que mantienen su actual binomio de depredación, destrucción y muerte. Esto es un aporte concreto del lesbofeminismo, que tiene ya muy larga genealogía.

5.- Sólo por insistir: 

Desde un punto de vista biológico, tenemos epidermis reactiva y terminaciones nerviosas que no distinguen el genital de quien les estimula, pero las personas no somos sólo entes biológicos, si no biopsicosociales. El centro de la cuestión tiene dimensiones éticas y políticas. Sobre las posibilidades de los cuerpos se construyen subjetividades, en particular sobre los cuerpos de las mujeres, habría que preguntarse cómo y para qué se construyen, con qué fines se le construye en la censura del deseo hacia otra con genitales semejantes. 

Siguiendo la idea, toda aquella nacida con vagina, tiene la posibilidad de desear, erotizarse y sentir placer con cualquier otra nacida con vagina. Sin embargo, en tanto que socialmente se presupone que su cuerpo de mujer tiene capacidad paridora[3], se construye política, social y culturalmente una subjetividad que le compulsará a creer que sus terminaciones nerviosas sólo reaccionaran al estímulo de sujetos cuyo cuerpo tiene un pene y, así, se aseguran sus servicios de cuidado y trabajo para el bienestar de ese sujeto y para que los hijos o hijas que vaya a parir le pertenezcan a él, en el eterno culto al padre, que es ese sujeto con pene al que se han asegurado de hacerle creer le debe el placer y el amor. 

Algunas lograron evadir el mandato desde muy pequeñas; otras nos tardamos años en escapar, unas más y otras menos. También, hay muchas que nunca han creído posible evadirlo. Otras están en el intento ahora de librarse de la obligatoriedad de la heterosexualidad, ojalá lo logren. 

[1] Concepto acuñado por Monique Wittig en donde muestra que existe una estructura de la cual devienen una serie de instituciones procedimientos y valores que sustentan el poder de la heterosexualidad que controla a las sociedades contemporáneas, asignándolas a existir en dependencia y a agruparse por parejas en donde se asignan distintas tareas según el sexo de cada individuo. Así, la dimensión estructural de la heterosexualidad le confiere un poder organizativo de la vida en sociedad, por lo tanto, ese poder es político. 


[2] Institución patriarcal que por medio de mecanismos de disciplinamiento y control naturaliza la heterosexualidad como “deseo” para asegurar la lealtad y sumisión emocional y erótica de las mujeres respecto a los varones (Rich, 1985: 11) y yo agrego: con el fin de mantener los sistemas económicos y políticos que en esta lealtad y servicio se sostienen. 


[3] La presunta capacidad paridora se refiere a que sobre prácticamente todos los cuerpos que nacen con vulva, se presupone que tendrán la capacidad de engendrar y parir al crecer, por lo que socialmente, se les prospecta el destino de madres. Cuerpos de mujer sobre los que desde la primera infancia se asignan culturalmente y físicamente tareas de cuidados y de servicios que sostienen gratuitamente al sistema político y económico patriarcal. La presunta capacidad paridora ha sido explicada en “Sin heterosexualidad obligatoria no hay capitalismo” y en “Apuntes sobre lesbofeminismo: notas sobre separatismo”. Ambos en http://ovarimonia.blogspot.mx/

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