© Patricia Karina Vergara Sánchez
pakave@hotmail.com


DOCUMENTOS DE PENSAMIENTO LESBOFEMINISTA

Cuando quiero decir lo que miro en mi realidad cotidiana, me busco en un lugar distinto. Yo que hablo una lengua de mujer, nos reconozco, me reconozco en la ovarimonia, en la palabra dada por las mujeres a partir de la experiencia que pasa por nuestras cuerpas y desde nuestros pensamientos y ejercicios reflexivos, aquella que no necesita ser validada desde la lógica y la razón que rigen hoy a un sistema mundo que no es nuestro.


lunes, 7 de mayo de 2018

CÓMPLICES

El asesino de Dulce Cecilia en Querétaro tenía 14 años, era "un niño" pero después de violarla y ahorcarla, enredó un alambre en su cuello para asegurarse de que estuviera bien muerta. ¡Qué cándido niño! 
El feminicida de ayer en Reforma 222, tenía 35 años, "estaba dolido", "No soportó el que le quisieran pelear la custodia del hijo", "trató de suicidarse", ya apuntan algunos medios para justificarlo. Sin embargo, el tipo se aseguró de herirla a ella tres veces en el tronco y de herirse a sí mismo una vez en una zona no vital. ¡Manipulador asqueroso!
No son casos extremos, todos los días pasan múltiples situaciones similares, algunas son convertidas en fenómenos mediáticos y otras no, depende del morbo de los periodistas ese día. 
Por ello, cuando nosotras decimos: hay una cultura feminicida, y nos responden que estamos exagerando o que "no todos los hombres" o que la culpa es de las mujeres por no saber educar-controlar o dejar de provocar a los hombres; lo que están haciendo es invisibilizar el genocidio actual en contra de las mujeres.
Aquí, lo que me interesa apuntar es que quien permanece impasible, quien oculta, quien guarda el secreto, quien minimiza, quien justifica, quien elige la comodona neutralidad, quien espera a ver de qué lado pesa más la balanza, quienes hacen mofa del dolor y de la muerte, son cómplices. Cómplices activos del que se da el lujo de violar y estrangular a una niña y que en tres años estará libre porque es menor de edad, cómplices activos del que dispara a plena luz del día a una mujer que decide dejarlo, porque ahora mismo está ya siendo disculpado por el entorno que habla de crímenes de pasión.
Nos matan porque pueden, por eso nos matan.
Si no dejamos de inventar atenuantes a cada violador, agresor, asesino, somos parte activa de la impunidad, somos pilares de la cultura feminicida y no hay excusa

NO DEBERÍA SER

Por Patricia Karina Vergara Sánchez
pakave@hotmail.com

Estamos comiendo felices en la mesa de mi casa. Mi hija de 19 años tiene un pie descalzo en el borde de mi silla, tocando mi pierna. Miro ese pie cubierto de tela que parece una especie de animalito extraño y tierno moviéndose alegre a mi lado. Le pregunto de dónde salieron esos calcetines tan bonitos -color mamey con puntitos café- y me cuenta que se los regaló una de sus tías.

Yo no se los había visto. Luego, le pregunto de dónde salió esa blusa tan colorida. Esa sí la había visto, pero quería saber quién se la dio o en dónde la compró.

Ella se pone seria y me responde con preocupación: 

- Mamá, no te distraigas. Tienes que fijarte bien, saber cómo es mi ropa. Qué tal que un día soy de las que no regresan. Necesitas saberlo. Acuérdate también de que tengo tres perforaciones -señala sus labios y oreja- y la cicatriz en la barbilla y… 
Le digo que se calle, que no me diga eso horrible, que se coma el arroz.. 

- Mamá…tú sabes. 


Me quedo toda dolida. Las chicas no tendrían que vivir un México -ni un mundo- así, recordando a su gente sus señas particulares ni preocupadas de que sepan qué ropa llevaban puesta, ni vivir bajo la sombra del “si no regreso”. 

Lo que mi hija no sabe, es que, desde hace años, cada vez que la acompaño al metro, cuando se marcha a hacer sus actividades y la despido con un beso,me fijo bien en su ropa, en la mochila que utiliza y en cómo lleva el cabello. 

Las madres no tendríamos por qué vivir memorizando el vestuario de las hijas. No tendríamos que vivir ese terror que se siente cuando es una chica cercana la que "no aparece"; no deberíamos temblar si las hijas tardan un poco más; no merecemos sentir nudos en el estómago si no responden el celular; no es justo pelear con ellas si llegan más tarde sin avisar; no es digno ese respirar con alivio cuando aparecen, por fin, en la puerta ni ese alivio tiene que dejar de ser alivio y doler tanto pensando en las que no alcanzaron a volver hoy. 

No, no podemos vivir así, enumerando a nuestras caídas.
No podemos vivir como ciervas en este territorio de caza.
No quiero esto para mí, no lo quiero para ella, no para las que vienen ni para ninguna.

DESDE DÓNDE

Es muy triste cuando algunas mujeres, feministas y no, creen que las separatistas actuamos desde el odio o rencor a los hombres y no alcanzan a ver que no tenemos tiempo ni espacio ni vida para el odio o el rencor; que si eso nos moviera no estaríamos resistiendo desde la alegría. Privilegiamos a las mujeres, al encuentro, cuidado, acompañamiento y pensamiento entre mujeres, no por odio a otro (sólo para quienes están fuera del separatismo el otro es el eterno referente); es por amor, amor, cuidado y reconocimiento a nostras y entre nosotras. Esa diferencia es toda una munda de distancia.

miércoles, 2 de mayo de 2018

LAS JAURIAS DEL PATRIARCADO

Patricia Karina Vergara Sánchez
pakave@hotmail.com

Los porkys en México, la manada en España, los aficionados al futbol en Chile… todos violadores en grupo. Aún con su reciente exposición mediática, no son, en forma alguna, fenómenos extraordinarios. Son la encarnación de la homofilia, el amor y lealtad entre hombres que permite y exige el patriarcado para seguirse renovando y existiendo cada día. 

Nuestros cuerpos, los cuerpos de las mujeres, humillados, violados, torturados y/o asesinados son un mero objeto/vehículo, excusa para sus rituales homoeróticos en donde se aman y erotizan penetrando, hiriendo, tocando a otra, con toda su frustración acumulada porque las prohibiciones del régimen heterosexual no les permiten tocarse o penetrarse entre sí.
Así, apropiarse real o simbólicamente de nosotras, es un ritual de erotismo, afecto y alianza entre ellos. Por eso, no ha de sorprendernos cuando -entre hombres- ven sólo a unos “muchachos divirtiéndose” mientras le destrozan la vida a otra persona. Es que, en el fondo, aun cuando algunos elaboren un discurso progre, ante toda razón y por sobre toda empatía no ven en una mujer a otra persona, no tan persona como es otro hombre, como uno de su manada/jauría de hombres.
El centro del poder de los hombres es el amor entre ellos y los distintos actos amatorios entre ellos. Si reconocemos que el amor entre hombres es el que sostiene la vida en el patriarcado tal como la conocemos, entonces, nos es posible mirar como las “jaurías” se replican una y otra vez, en todos lados, a nuestro alrededor.
Están donde los machitos del barrio se dan palmadas en la espalda, acosando a las mujeres que pasan por la esquina de la calle; en los “compañeros” del sindicato o de la organización que insisten en negarse a dejar que sea la compañera la que tome el micrófono y hable desde qué significa el ser trabajadora y no trabajador; en los docentes de la universidad que acosan a la maestra “feminazi” por atreverse a llamarles misóginos, sobre todo, porque es cierto; en el grupo de abusones en la escuela primaria, en el de la secundaria y en el de estudiantes de media y de superior que se ponen de acuerdo para emborrachar a las alumnas y así poder tocarlas y violarlas cuando están en estado etílico; en los abogados y jueces tan comprensivos con los motivos de otros hombres abusadores y violentadores; en la forma en que los periodistas culpabilizan a las víctimas y son empáticos con los asesinos; en el tío que enseña sólo a los chicos a jugar fut y deja a las niñas mirando; en los trolls que atacan estos posts en grupo; en los protectores de agresores denunciados; en los compañeros de oficina que sabotean a las mujeres jefas, compañeras y subordinadas; en todos los que nos llaman locas, histéricas, malcogidas como intento por callarnos. No necesitan, ni siquiera hablarlo entre ellos, ya se reconocen, se huelen, se saben las tácticas. Las jaurías están en todas partes. Es preciso comenzar a reconocerlas, nos va la vida, la libertad y el futuro en ello.

LEGALIDAD PATRIARCAL

Patricia Karina Vergara Sánchez
pakave@hotmail.com

Yo me niego a hablar de eso que nombran “justicia patriarcal”, porque implicaría que consideramos que en el patriarcado hay alguna posibilidad o forma de justicia y esa es una falacia.

Lo legal no necesariamente es lo justo y, menos, en donde las leyes las aplican quienes empatizan y son aliados en los sometimientos a las otras y a los más desprotegidos. 

Lo que hay en el patriarcado es "legalidad patriarcal", que deviene de las leyes que han creado los hombres, el mundo en masculino.
Esos que se aman entre ellos y que por cientos de años han encontrado la forma de justificar a los ladrones capitalistas que se devoran los bosques y contaminan el agua, incluso, condenando a las defensoras de la tierra o permitiendo la impunidad a quienes las asesinan; esos mismos que dejan en libertad a los feminicidas o les dan pocos años de prisión para que puedan seguir asesinando a otras y en México, al menos, son responsables del territorio sembrado de nuestros cadáveres. Esos son los capaces de encontrar justificables los crímenes más atroces en nombre del honor, de un rapto pasional o de encontrar “jolgorio” en el video de una violación.

Hablemos de legalidad patriarcal y estaremos todas claras de que se trata de la institución que no nos sirve a nosotras.
Si bien, sabemos que, ante esa institución y sus leyes, necesitamos a nuestras abogadas feministas para que nos ayuden a liberarnos de sus garras cuando nos persiguen, cuando quieren arrebatarnos a nuestros hijos e hijas, cuando otros las quieren usar para castigarnos por no ser lo que sus leyes, morales o escritas, dicen que debemos ser; una vez más, comprobamos que urge dejar de esperar algo de la maquina legaloide, pues no es ahí en donde la justicia que necesitamos, la vayamos a encontrar.

Las leyes no son justicia porque están escritas por los que mandan y son trucadas por los hombres, por los ricos, por los poderosos… el pacto patriarcal es entre ellos mismos.

La justicia no está ahí, es otra cosa, todavía no nos llega a tantas. Habrá que comenzar a pensarla en nuestras cabezas y fabricarla con nuestras manos.

SEPARATISMO

Patricia Karina Vergara Sánchez
pakave@hotmail.com

1.- No todos los espacios de mujeres, o sin hombres, son espacios separatistas.

El patriarcado ha asignado históricamente espacios designados para las mujeres. Algunos de castigo o de aislamiento, como en muchos casos fueron los conventos de monjas. Otros, destinados para la realización de los trabajos socialmente asignados a las mujeres, de los cuales incluso se regodea en sus discursos: “las mujeres a la cocina”. No obstante, que la resistencia real y simbólica de las mujeres ha logrado resignificar algunos de ellos, convertirlos en refugio y hasta en lugares de alianza y/o donde explorar nuestra creatividad. Sin embargo, aun cuando los reivindicamos por la experiencia de resistencia que implican, no son lugares de autodeterminación


2.- No todos los espacios no mixtos son separatistas.

Cuando las mujeres elegimos reunirnos entre nosotras, bailar y cantar entre nosotras, hablar para nosotras, reconocernos y debatir desde nosotras, sin la tutela masculina: Es un espacio político, sea explicitada o no esa politicidad, y es una pedagogía excelente organizativa para las sociedades enteras. Pero, no es un espacio separatista cuando no contempla un proyecto de cuestionamiento al régimen político que impone la obligatoria relacionalidad 
entre hombres y mujeres fuera de esos espacios acotados.


3.- Hoy, cuando las lesbofeministas y aliadas nos planteamos separatistas, lo estamos haciendo desde la expresa propuesta política de independencia de un régimen político opresor -Porque esa apuesta independentista es el sentido potente del separatismo-.

Ya no consideramos a la heterosexualidad una institución solamente, si no que reconocemos su lugar fundamental en la estructura del sistema mundo patriarcal. El régimen político de la relacionalidad socioeconómica sustentada en la obligación sexoafectiva y parental entre los hombres y las mujeres.

Sobre todo, es precisa la independencia de la heterosexualidad obligatoria, de la compulsión socioculturalmente creada en las mujeres a vivir siendo el complemento y en el cuidado no recíproco del otro, de los otros. Cadenas que pesan expresamente sobre aquellas con cuerpos con presunta capacidad paridora. Es decir, sobre los cuerpos a los que, al nacer, ya que sus características anatomofisiológicas parecían posibilitar el engendrar y parir al crecer y, por lo tanto, socialmente, se les prospectó el destino de madres, fueron asignados cuerpos del sexo femenino. Cuerpos sobre los que desde la primera infancia se asignan culturalmente y físicamente tareas de cuidados y de servicios que sostienen gratuitamente al sistema político y económico.

Ante lo expuesto, la propuesta separatista construye ideas, artes, espacios físicos, virtuales y simbólicos de mujeres que han dado la vuelta a esa construcción de “mujer” sobre el cuerpo en donde se ha prospectado la capacidad de parir y la obligatoriedad de servir, para reivindicarlo en el lugar de esta historia de resistencia política. Desde aquellas que fueron asignadas servidoras en el patriarcado, que han resistido y, finalmente, le han disputado su cuerpo -su cuerpa ya- y desde la autodeterminación han creado otras subjetividades para encontrarse, acompañarse y aliarse entre ellas, entre nosotras.

Tomado de Apuntes sobre lesbofeminismo: Notas sobre separatismo de Patricia Karina Vergara Sánchez en:









APUNTE MEXICA

Patricia Karina Vergara Sánchez
pakave@hotmail.com

Aunque sé que muchas son conscientes de esto, quiero enunciarlo: cuando algunos de los abuelos y algunas de las abuelas de la tradición mexica nos insisten en que la vida en dualidad (hombre/mujer) es indispensable para nuestra realización como humanas o para ocupar nuestro lugar en el calpulli, no están compartiendo ningún saber ancestral, el que habla es el doble patriarcado condicionándonos a la heterosexualidad obligatoria y al servicio en “complementariedad” al otro. No somos una esencialidad de lo femenino ni la mitad o lo dual de nada, somos guerreras mexicas, multifacéticas y completas en nosotras mismas.

lunes, 9 de abril de 2018

MANIFIESTO POR EL DERECHO A MARCHARSE


Patricia Karina Vergara Sánchez
pakave@hotmail.com


He visto a tantas mujeres devoradas en nombre del amor de pareja. Pese a maltratos, traiciones, infamias, se quedan. Se quedan a lavar los platos, a limpiar la casa del marido; a preparar la comida de los suegros; a criar niños y luego a los niños de sus niños; a dar servicios eternamente, a dar cuidados toda la vida. Se quedan porque nos enseñaron que el amor tiene que durar para siempre, que se tiene una que sacrificar por amor, que, si ya invertiste tantos años, hay que hacer un esfuerzo más.

He visto a tantas mujeres devoradas en nombre de la familia. Pese a maltratos, traiciones, infamias, se quedan. A pesar del padre violento, del abuelo golpeador, del tío agresor sexual o de la abuela que pidió silencio. Se quedan a servirles el pavo en navidad y hasta a cambiarle los pañales llenos de caca cuando el viejo agresor ya no puede valerse por si mismo. Porque la familia es familia, es lo más valioso que una tiene, dicen.

He visto a tantas mujeres devoradas en nombre de la amistad. Pese a maltratos, traiciones, infamias. A pesar de las estafas, groserías, chismes, manipulaciones, se quedan en el grupo, se siguen encontrando, por años, los viernes para ir a bailar y vacacionan con el circulo de amistades y les piden que sean sus testigos en la boda. Valoran que a pesar del daño hay que rescatar los recuerdos buenos, los momentos divertidos, las anécdotas compartidas.

He visto a tantas mujeres devoradas en nombre de la organización política. Pese a maltratos, traiciones, infamias. Se quedan a tapar el escándalo, a seguir levantando la pancarta, a hacer “control de daños”, a ver cómo retomar. Se quedan porque los años de trabajo, porque el capital político invertido; porque, tal vez, entre los restos de todo lo derrumbado encuentren un cachito de la utopía que fue desquebrajada.

He visto a tantas mujeres quedarse sosteniéndolo todo ante los terremotos. Incluso, cuando ya las han abandonado. Incluso, cuando todos ya se han marchado.

He visto a tantas, compañeras, amigas y enemigas queridas, que en nombre de aquello que las une o del trabajo o de las ideas o del afecto invertido se quedan. Porque nos han enseñado que ser mujer es comprenderlo todo, perdonarlo todo, mantener los lazos a cualquier costo. Se quedan, se quedarán y morirán al lado de quien les ha robado, descuidado, mentido o lastimado.

Yo no puedo, no quiero. 

Desde donde yo miro, sé que ninguna de nosotras debe estar obligada a permanecer en ningún espacio, en ninguna circunstancia, cuando no hay reciprocidad, cuando no hay tiempo compartido, cuando falta el cuidado.

De otro modo, de otra dimensión tendrán que ser los afectos, las acciones, las pasiones políticas. 

Buscar buen trato para una misma es, todavía en este siglo XXI, para las mujeres, un acto de Insubordinación.

¿Me he marchado yo?
Sí, al menos, una decena de veces.

Me fui de lazos biológicos ante la violencia.

Me fui de lealtades políticas cuando vi manipulaciones y corruptelas.

No respeté popularidades, poderes, títulos académicos ni reconocimientos chamánicos cuando detrás había abusos de poder o malos tratos.

No respeto a quienes reconocen esos abusos, los saben, los ven, hasta se escandalizan y, sin embargo, se quedan en complicidad, rindiendo culto o encubriendo a quienes saben que han dañado.

También, me he ido muy lejos de aquellas que creía compañeras pero que construyen entramados que parecen teóricos que, en realidad, están sólo discursando para excusarse a sí mismas, para justificar su cercanía con agresores o para proteger a las agresoras y revictimizar a quienes han padecido.

Hace tanto que tampoco comparto sueños de grandes movimientos ni de enormes masas que me convoquen a levantar mis consignas, si el precio de las apariciones en los noticieros es tener que caminar al lado de quien he visto lastimar o que me han lastimado.

No hay mensajes de “cariño” o “reconocimiento” que me hagan olvidar que ese afecto se posiciona años tarde, cuando ya enfrenté sola los huracanes.

Por supuesto, no soy quien, para decir estas cosas, me sobran mis propios espejos para decir lo ínfima que soy. 

Sin embargo, sé que, con todo y lo vana, desacertada o insuficiente que puedo ser, tengo derecho a decir dónde y con quien no quiero y es ahí donde no estoy.

Debo advertir que marcharse siempre tiene costos. Significa dejar el privilegio de ser la buena, la comprensiva, la tejedora de lazos que toda mujer-debe. Significa ser la mala de la historia, la que se negó a quedarse donde tantas se han quedado, la renegada, la que debe estar equivocada, aquella de quien se habla en corrillos y a quien se mira con censura.

Igualmente, siempre habrá modo en que llegarán mensajes que adviertan del error tan grande de marcharse. “A este paso habrás de quedarte sola, aislada”. En mi caso, tal vez, sea cierto. Sin embargo, elijo la soledad peligrosa y no la impunidad en manada.

Para marcharse hay que saber que lo material muy probablemente se pierda y que no hay argumento que sea suficiente para quien se queda. Nadie escucha lo que no quiere. 

Por ello, cuando viví violencias, cuando me sentí utilizada, cuando no fui escuchada o el tema o el acto se convirtieron en muralla irreconciliable, no quise más de aquello.

Yo no me permití exponer mis días más a lenguas que sé que laceran, me negué a intentar convencer de lo inconvencible o a tener que tolerar lo que no toleraba.

La última conversación siempre es difícil, significa tratar de hacer comprender a quien no quiso comprender cuando había tiempo y ganas del por qué una se va. Para una es el cierre, para alguien más nunca serán suficientes o complacientes las razones, así se convierten en conversaciones inacabadas para siempre. Es una claridad importante el saber que lo que duele a quien detracta no es la falta de una charla más, es el que no se le haya permitido reducir a quien se marcha, de no ser quien tuviera la última palabra.

Sin embargo, pese a los costos, pese a los caminos solitarios, poder marcharse es una elección potente. Significa poder andar sin fardos, sin deberes, sin amamantar a quien no se desea seguir alimentando, sin rendir cultos a quien no los merece. Significa no permitir más heridas de quien hiere, significa espacio para sanar y para inventarse nuevos rumbos libres.

Ojalá otras, ojalá muchas, logren marcharse sin tener que someterse a la última sentencia de quien les ha herido o de a quien ya no le deben nada.

Yo me he marchado, sí.
Me fui, porque elijo el autocuidado.
Sí, me marché sin permitir reiteradas últimas escenas.
Sí, me elegí a mí y estoy orgullosa de ello.
Me abrazan las mías, mis apegos elegidos y recíprocos, en el refugio nuestro.
Me fui, me voy, me iré de los lugares y la gente que dificulta el respirar en calma.
Me he marchado.
Me elijo, en digno gesto de justicia para mí misma.

viernes, 9 de marzo de 2018

APUNTES SOBRE PROSTITUCIÓN DESDE UNA MIRADA RADICAL, LESBOFEMINISTA

Patricia Karina Vergara Sánchez

pakave@hotmail.com



Nota previa: Este material fue presentado en la mesa llevada a cabo el 9 de febrero de 2018 en la Universidad Autónoma Metropolitana: Retos del feminismo actual mexicano, en donde tres feministas radicales fuimos invitadas a reflexionar sobre género, vientres de alquiler y prostitución. 



Quiero destacar la oportunidad que representó esa mesa, en donde se pusieron temas candentes en las discusiones contemporáneas, pero que, por ocasión realmente especial, no quedan sólo en las voces hegemónicas de quienes tienen el poder de lobbys financiados por grandes intereses farmacéuticos, proxenetas y de otras formas de comercio con la vida humana. Es en sí misma, la mesa, una ocasión de señalarse y celebrarse, más aún, que estos diálogos pudieran ocurrir al cobijo de la maestría en Estudios de la Mujer, que por sí mismo, hoy, mantener a las mujeres como enunciación, ya es un desafío político sin duda.

Voy a comenzar por plantear que el análisis que yo abordaré parte del piso político de la radicalidad. Sin embargo, dados los debates mediáticos contemporáneos, me es necesario especificar cómo estoy entendiendo el posicionamiento radical.

Radicalidad, no es aquello, desde el imaginario colectivo, azuzado por los medios de comunicación al servicio del estado de las cosas, que equipara radicalidad a violencia sin sentido.

En principio fundamental, la radicalidad es un lugar de análisis -y acción consecuente- que pretende llegar a la raíz de los fenómenos. 

Desde este lugar teórico político, desde la radicalidad feminista, estaríamos lanzando propuestas teóricas en busca de la raíz del poder del sistema patriarcal.

Feminismo radical es, también, el que derivó en el feminismo lesbiano. hoy, en el contexto concreto del Abya Yala, le nombramos lesbofeminismo. 

Me voy a detener unos minutos en hablar sobre la genealogía del lesbofeminismo y cómo concibo su planteamiento para, con estas herramientas entrar a ocuparnos del tema que nos convoca.

Comienzo por contar que en algún momento histórico las feministas más radicales, esas que no le apostaban a repartirse el pastel que llamamos mundo con políticas de una “igualdad” que perpetuara el estado de las cosas; que aspiraban, en cambio, a revolucionar los ingredientes y la receta misma del pastel, a organizar de otra forma el mundo, comenzaron a reflexionar sobre lo personal y lo político y sobre qué significaba sustraerse políticamente al servicio a los hombres, pero permanecer sexual y emocionalmente en interdependencia. Ese fue el principio del camino que construía la sexualidad y el afecto entre mujeres como una potente arma de resistencia ante el dominio patriarcal. 

Las primeras discusiones de lo que hoy es el lesbofeminismo, surgen en las décadas de los sesentas y setentas en cercana relación con los pensamientos feministas de la diferencia, en un período histórico de búsqueda de autonomía para las mujeres. Al respecto, escribió Ochy Curiel: “Cada vez más grupos sólo de mujeres, lejos de partidos y grupos de izquierda se organizaban en colectivos. Los grupos de autoayuda se convirtieron en escenarios importantes de la política feminista donde “lo personal se hizo político”, así, el cuerpo, la sexualidad, pasan a ser centrales en la política de estos años”. (Curiel, 2007:2). 

En México, estamos conmemorando, este mes, los 42 años de la fundación de Ácratas en 1976, primera organización que en nuestro territorio planteaba como eje político el amor entre mujeres. 

Fue en los ochentas y principios de los noventas, que en Europa y en Estados Unidos se publicaron poderosas aportaciones teórico políticas al pensamiento lésbico, entre otras, podemos destacar las de Audre Lorde, mujer negra; las de Cherríe Moraga, Ana Castillo, Gloria Anzaldua y otras de las que se denominaban a sí mismas “mujeres de color”, es decir, mestizas, indias, asiáticas, chicanas. Igualmente, publicaron en ese decenio Adrienne Rich, Monique Wittig, Colette Guillaumin. Estas últimas, mujeres blancas, pero sin duda muy lejos de la hegemonía anglosajona. 

Paralelamente, en Latinoamérica continuaban los trabajos y actuancias lesbianas y feministas. En México, por ejemplo, con reflexiones de Yan María Castro, desde la propuesta política del lesbianismo comunista/socialista. Para el 2000, se acuñó, la denominación “lesbofeminismo” pues se intentaba establecer una distancia política entre el lesbianismo reformista e inclusivista LGBT, que a veces se nombraba también feminista, y la política lesbiana que no buscaba la inclusión, más bien, se situaba desde el cuestionamiento al régimen heterosexual[1]. 

En la primera década del siglo XXI se siguió produciendo pensamiento y actuancia desde los grupos lésbicos organizados en Guatemala, en Colombia, en Argentina; los aportes de pensadoras lesbianas fueron un motor fundamental para el desarrollo del pensamiento del Feminismo autónomo; en Chile, Margarita Pisano escribía desde el Pensamiento del afuera, y otras feministas lesbianas y autónomas, en las décadas recientes han venido en toda la región, planteando la propuesta de un feminismo crítico a la heterosexualidad obligatoria[2], al racismo, a la colonialidad, al clasismo, a la institucionalización del feminismo tanto heterosexual como lesbiano y desarrollan contemporáneamente propuestas teóricas propias.

Me pareció pertinente este brevísimo recuento del pensamiento y actuancia lesbofeminista pues es preciso señalar, aun cuando muchos intereses y lógicas colonialistas nos niegan el reconocimiento a la capacidad de autodeterminación y creación propia de ejercicios del pensamiento en el Abya Yala, que las lesbofeministas, llevamos, al menos, cuatro décadas desarrollando un pensamiento propio en el Abya Yala.

Es desde este lugar de enunciación política que pretendo realizar un proponer algunos apuntes al ejercicio de pensarnos colectivamente la prostitución indagando desde la raíz patriarcal en que se cimenta.

Otro aspecto que me interesa señalar es que no pretendo “otrificar”, es decir, no pretendo tomar a otra por objeto de estudio y reflexionar sobre esa experiencia. Las lesbianas y lesbofeministas hemos padecido abundantes ejemplos de esos ejercicios, en donde pareciera que requerimos de la mirada externa para definir, describir o analizar nuestra propia existencia lesbiana. Por ello, uno de los intentos de este ejercicio será pretender no hablar por aquellas mujeres en situación de prostitución, ni por su experiencia, pues ellas han sido ya capaces de tomar voz propia, tanto proponiendo la regulación como la abolición del ejercicio de la prostitución. Aunque cabe resaltar aquí que, por supuesto, son las que tienen financiamiento de grandes empresas proxenetas quienes tienen mayor acceso a formas de difusión de sus discursos.

Dado lo anterior, este ejercicio de análisis va hacia preguntarnos por luces en la dimensión estructural, sobre qué lugar está ocupando en este momento la prostitución en el sistema mundo patriarcal, en su contemporánea manifestación en capitalismo salvaje.

Parto de enunciar el cómo, diversos análisis feministas alcanzan, de un modo u otro, a mostrar el carácter económico de la construcción de género en donde se crean sujetos funcionales a las necesidades de producción/reproducción del sistema en su configuración actual. El aporte lesbofeminista consiste en mostrar que, para construir ese sujeto funcional, es necesario construirlo en la introyección de la heterosexualidad obligatoria. Es decir, el cuerpo y el trabajo de las mujeres es atrapado-rapiñado-apropiado por el sistema mundo patriarcal a partir de los mecanismos que genera la heterosexualidad obligatoria en la construcción del deber ser de las mujeres. ¿Qué impulsa a las mujeres para que, además de cumplir largas horas en jornadas laborales asalariadas, se ocupen de lavar cientos de calzoncillos que nos son suyos durante toda su vida; hacer trabajo reproductivo para sí misma, para el “sujeto productivo” [3], para sus hijos e hijas y, en ocasiones, hasta para generaciones subsecuentes; qué le impone el mantener el orden de las cosas; limpiar mocos de niñas, niños y pasar noches en vela a su lado cuando enferman; entre muchos otros quehaceres sin remuneración económica, sirviendo así con sus trabajos-cuerpo al sostenimiento del sistema mundo económico?, ¿podría ser así si no se construyera en las mujeres la convicción de que sólo es posible-deseable la vida viviéndola en relación con un hombre y al trabajo asignado en esta relación -ese trabajo que pocos consideran trabajo-[4] ?

Este es un punto medular: el supuesto de que la mayoría de las mujeres (y hombres) son heterosexuales por naturaleza, es un muro teórico y político, afirmó Rich, (1985, p.38).

Incluso, si partiésemos desde una mirada estrictamente biologista[5], en donde la naturaleza humana está “determinada por nuestros genes” y es inmodificable, en un sentido estricto no hay más necesidad de relación entre hombres y mujeres adultos que aquellas que comprenden las funciones reproductivas, cinco minutos de contacto coital. La crianza de pequeños y pequeñas, la construcción de vivienda, la producción de alimentos, pueden hacerse con personas distintas a aquellas con quienes se ha llevado a cabo el coito. Fuera del momento de la inseminación, biológicamente, sujetos con pene o con útero no se necesitan cotidianamente para perpetuar la especie.

Sin embargo, el sistema de producción determina modos de vida, la mente construida en la heterosexualidad no concibe la vida posible sin la familia. La vida en familia que, a su vez, es el lugar del trabajo reproductivo. Así, resulta acertada la convención social de que la familia es el núcleo de la sociedad (y del sistema económico y político), y en este punto es posible observar cómo la heterosexualidad obligatoria es el núcleo de la familia.

Así, si bien la heterosexualidad y asignación de los roles de género actuales son una construcción que obedece a un proceso histórico, su acción opresiva concreta contemporánea responde hoy a las necesidades del capitalismo, lo posibilitan y lo perpetúan, podemos aquí proponernos un juego dialéctico: si reconocemos que “lo que los individuos son depende, por lo tanto, de las condiciones materiales de producción” (Engels y Marx, 1982, p.19), podemos también reconocer que las condiciones de producción dependen de las condiciones materiales posibilitadas por la propia heterosexualidad. 

Llegando a este punto, poder observar el lugar estructural económico/político de la heterosexualidad nos permite mostrar que ésta construye instituciones, cual engranajes que conducen a la apropiación de los cuerpos y trabajos de las mujeres hacia su función productiva y reproductiva en el mundo occidentalizado:

En este sistema, sobre cada cuerpo que nace con presunta capacidad paridora[6], es decir, sobre los cuerpos a los que, al nacer, sus características anatomofisiológicas parecen posibilitar el engendrar y parir al crecer, que presentan una vulva o algo semejante a una vulva y que probablemente portan un útero, se imponen los mandatos culturales en el contexto que se nace de cómo deben ser las mujeres. Socialmente, se les prospecta el destino de madres, -independientemente de si sucederá o no-. siendo así que se entrena y se compulsa a vivir siendo el complemento y en el cuidado no recíproco del otro, de los otros. El éxito de este proceso ocurre cuando una mujer es asignada a un varón y cumple las tareas reproductivas que le fueron encomendadas, aún cuando ese varón muera o se aleje o sea sustituido por otros, el trabajo de mujer seguirá ejerciéndose.

En la década de los ochentas y noventas se analizaron hipótesis sobre que algunas lesbianas, prostitutas y monjas, escapaban a esa apropiación del trabajo de los cuerpos de las mujeres ya que eran libres de marido, de apropiador individual. Sin embargo, en 1992, Colette Guillaumin contribuyó al análisis con el concepto de sexaje, definido como “la relación social de apropiación privada, física, directa de las mujeres en forma individual por parte de sus padres, maridos, novios; y la apropiación colectiva de la clase de las mujeres por la clase de los hombres”. Es decir, se trata una “relación social, material, concreta e histórica. Esta relación social es una relación de clase, ligada al sistema de producción, al trabajo y a la explotación de una clase por otra” (Brecha Lésbica, 2005).

Por lo tanto, no basta escapar de la apropiación individual. Lesbianas, monjas y mujeres prostituidas somos apropiadas, todas, para el trabajo físico, afectivo simbólico y sexual.

En el mismo momento histórico, todas aquellas nacidas con presunta capacidad paridora, sobre las que se ha construido la obligatoriedad de cuidados, trabajos domésticos y servicios sexuales y afectivos, debido al sexaje, conformaríamos una clase económica política de la que ya otras autoras se han ocupado ampliamente, la clase mujeres.

Este es un punto importante que recordar para este ejercicio: el patriarcado se apropia, para sobrevivir, del trabajo de todas las mujeres.

En forma concomitante, dentro de esta clase, el patriarcado ha asignado diversas funciones que jerarquiza en su ejercicio de explotación.

Entre esas funciones, el patriarcado en su manifestación capitalista, pero en otras formas de producción también, ha necesitado crear a la figura de la prostituta como lugar disciplinario para las mujeres todas. Como extremo en la gama posible de tareas asignadas bajo su dictadura.

No es que solamente existan las mujeres prostituidas y las no prostituidas, el sistema mundo patriarcal es prostituyente de todas. 

A toda la clase mujeres se nos compulsa a la heterosexualidad obligatoria, es decir, a la alianza, servicio y cuidado de la clase privilegiada. De nuestra clase, a algunas mujeres, en un extremo de la línea las designaba: las madres, las esposas, “las santas” y serían las que se ocupaban de parir hijos para perpetuar el modo de vida, hacer labores de servicio y cuidado y realizar servicios sexuales al marido. Es decir, el modelo “ideal” de la producción de la feminidad dentro de la heterosexualidad obligatoria. A aquellas que enviaba al mercado productivo, les exigía cumplir con la labor productiva sin renunciar a las labores reproductivas -de cuidado y servicio, bajo la amenaza de que romper con sus labores tradicionales o relacionarse erótico-afectivamente fuera del hogar le convertía en lo “peor” que podría designarse a una mujer, en mala mujer, en la puta. Podían participar en el mercado de la producción, pero sin dejar de servir al régimen heterosexual. A las jóvenes les compelía a casarse pronto, a no romper los mandatos de monogamia, a ser siempre para uno o de lo contrario, se convertiría en quien cargara el estigma de la fácil, la ligera, la puta. A la soltera, se le deseaba que pronto apareciera el hombre que la apropiara, no fuera a ser que terminara mal, corrompida, es decir, que terminara recibiendo el epíteto de puta. 

De esta manera, las mujeres en situación de prostitución no sólo servían/sirven al patriarcado para realizar servicios sexuales y como lucrativo negocio, también se ocupaban de parir hijos para perpetuar el modo de vida, hacer labores de servicio y cuidado. Al mismo tiempo, cumplían la función pedagógica de mostrar lo que no se debería ser, la vilipendiada por la sociedad, la castigada, la negada. Los mitos construidos alrededor de ella, la seductora, la de la sexualidad insaciable y de las prácticas prohibidas, la “rompe hogares” “roba maridos”, inmiscuida en prácticas siniestras. Ninguna mujer, siempre deseosas de aprobación, querría ser ella. Desvirtuarse, perder la virtud, significaba vivir con el estigma, la amenaza viva. 

Así el patriarcado amedrenta a unas, se ensaña con otras y pone en confrontación constante a todas. 

Lo que es inmutable aquí, es que a ninguna se le permite escapar a la obligatoriedad de brindar los cuidados y trabajos reproductivos al otro o a los otros.

Sin embargo, todos los lugares asignados en el patriarcado implican que los trabajos y cuidados de las mujeres sean apropiados colectivamente y son lugares de vulnerabilidades varias que dependen también de la imbricación de opresiones en la vida de cada mujer. Las esposas, amigas, hijas, amantes en la dependencia económica, psicológica, las posibilidades de violencia física, de feminicidio por sus familiares y parejas estarán asociados con lugares de clase económica, etnia, edad…

En otro rostro del mismo prisma, las mujeres en situación de prostitución, también correrán las vulnerabilidades asociadas a su lugar en las imbricaciones de opresión, pero las vulnerabilidades se multiplican en tanto que la apropiación colectiva se suma a una apropiación individual múltiple, la apropiación es numerosa y constante. Mientras los trabajos, cuidados y servicios de algunas tienen uno sólo o pocos apropiadores, marido-novio-esposo-padre-amante-familiares Los trabajos, cuidados y servicios de otras son apropiados por marido-novio-esposo-padre-amante-familiares y por un número indeterminado de puteros[7], es decir de otros apropiadores individuales. A tanto número de apropiadores, tanta dependencia económica e interminable negociación, a tal número de apropiadores tal vulnerabilidad exponencial a las múltiples formas de explotación, violencia y asesinato. 

Líneas arriba describí la función de la prostitución para el patriarcado utilizando los verbos en tiempo pasado, fue un ejercicio intencional, porque es preciso dar cuenta de una transformación en el sistema mundo heteropatriarcal y prostituyente que suma nuevas cargas sobre los cuerpos de las mujeres. El capitalismo y sus lógicas neoliberales están entrando en este momento histórico a una fase distinta en el sistema de producción y de aquello que se produce. Estas modificaciones, por supuesto, están manifestándose en la forma en que se explota a las mujeres. 

Es decir, en la fase previa, se ha acumulado la riqueza en el mundo a partir del trabajo que, parafraseando a Federici, comienza en el fregadero de platos y culmina en la plusvalía que fue posible generar gracias al trabajo productivo posibilitado por el trabajo reproductivo iniciado en ese lavado de platos. (Federici: 2012)

Sin embargo, ahora que la explotación colonialista de los recursos naturales se complejiza, cuando ya escasean los territorios de conquista, el agua, los animales, los minerales y hasta los árboles ya han sido privatizados, el territorio que el capitalismo imperialista ha decidido recolonizar es el cuerpo de las mujeres. 

Ya no se trata únicamente de la explotación del trabajo no asalariado, que continúa, se trata también de la apropiación del cuerpo territorio como mercancía a comercializar. La prostitución no es un fenómeno aislado de otras apropiaciones capitalistas. En este momento, la conquista de los cuerpos territorio ocurre desde cinco estrategias visibles:

1.- El uso del cuerpo de las mujeres como generadora de óvulos y/o incubadora de bebés a la venta de quien pueda pagarlos

2.- Los cuerpos y vidas de bebés engendrados para ponerlos a la venta.

3.- La venta de las imágenes del sufrimiento del cuerpo de las mujeres en la industria del porno que llaman “duro” y que está innegablemente emparentado cultural y económicamente con la venta del porno ilegal en donde se tortura y viola a mujeres y pequeños y pequeñas.

4.- Anulación de las mujeres como sujeto de emancipación en discursos que van del: “No existen las mujeres” a “todos somos mujeres”, sin importar las necesidades específicas de aquellas sujetas con cuerpo de presunta capacidad paridora. Esta estrategia no es sólo una disputa de discursos, la intencionalidad política es la desaparición del sujeto enunciante. Si se diluye a quien habría emanciparse no hay emancipación posible. Si se diluye o invisibiliza la frontera del territorio, o se niega el nombre y la existencia del territorio mujeres, es, entonces, territorio de nadie y por lo tanto territorio colonizable.

5.- El maquillaje de la prostitución como “acto de empoderamiento”[1] y un logro social para las mujeres. 

Aquí, vale la pena detenernos un momento para señalar que el discurso del “empoderamiento” en la prostitución pareciera dar la vuelta al uso aleccionador descrito líneas arriba sobre la funcionalidad de la prostitución para el patriarcado. Sin embargo, si bien es un discurso que pareciera tratar de terminar con el estigma para las mujeres en situación de prostitución, lo que genera es la jerarquización más cruenta entre aquellas que parecen ser favorecidas por el sistema prostituyente, la prostitución rodeada de glamur, que implica generar una percepción magnificada o glorificada y no necesariamente cierta, crea una elite de mujeres favorecidas, regalonas del patriarcado, diría Margarita Pisano, en tanto sigue construyendo y reforzando el temor respecto a la puta que no se desea ser y esa es aquella fuera de los reflectores de ese glamur, las de cuerpos no estéticos según los cánones hegemónicos, las de menor acceso a educación formal, las de zonas más vulnerables geopolíticamente, la mayoría, las precarizadas.

Igualmente, los y las trabajadores de las empresas prostituyentes insisten en declarar ante la prensa que la prostitución no es lo mismo que la trata, como si la cultura prostituyente no fuera el negocio completo, el negocio redondo con cuerpos de mujeres, principalmente, como “productos” para cada nicho de mercado y para cada bolsillo. El “producto” envuelto en el papel dorado de discursos intelectualizados para el consumidor más acaudalado o para el progre que desea consumir productos que la mercadotecnia proxeneta crea como “políticamente correctos”, “libres de sufrimiento”[2] . Para consumidores más “tradicionales” o con otros deseos y poderes adquisitivos, están las más vulnerabilizadas.

Debo insistir en este señalamiento: Lo que llaman “trabajo empoderante” y la trata son parte de una misma cultura, de un mismo negocio y responden a nichos de mercado con demandas específicas. Unas, desde la zona V.I.P. responderán a la demanda estratificada-intelectualizada, otras a la demanda general de los puteros.

Así, podemos observar en la región, a algunas mujeres que declaran ante las cámaras y redes virtuales diciendo que les va tan bien en su negocio de autoprostituirse o prostituir “solidariamente” a otras, que rechazan a cualquier putero cuando no es de su agrado. Lo que no narran es que a ese putero rechazado, siempre hay otra mujer, frecuentemente una niña, víctima de trata, obligada a servirle, que no puede darse el lujo de rechazarlo.

Sólo para contextualizar, señalo que hace un año la ONU contabilizaba que, mundialmente, la trata de personas genera cada año ganancias que van de 32 mil a 36 mil millones de dólares, aproximadamente, y en México, cada año también, 21 mil menores son víctimas de trata con fines sexuales en México, de las cuales el 93 por ciento son mujeres. (Camacho, 2017)

Por ello, es preciso aquí nombrar las trampas evidentes del sistema que pretende convencernos de que alquilar nuestros úteros, vaginas, anos, bocas, abrazos[3], atención o compañía, permite acceder a algún tipo de poder, es una libre elección o son actos que promueven los derechos de las personas, cuando en realidad son las nuevas formas en que el imperio neoliberal habita el mundo del imaginario social:

Se trata de discursos manipuladores en donde ese pretendido empoderamiento, la libertad y los derechos humanos sólo alcanzarían a unos cuantos, porque las mujeres provenientes de familias ricas no necesitarán vender sus óvulos para empoderarse, ni una mujer pobre de Tabasco podría alquilar el vientre de una europea para que le geste un hijo; el prolapso rectal, ni la tortura, ni la muerte cruel de ninguna mujer rica ni esposa apropiada por un hombre rico serán vendidos en videos “duros” en las calles de la ciudad y las hijas de los más privilegiados pueden experimentar la prostitución glamourizada, si quieren, pero pueden retirarse cuando lo deseen -siempre y cuando no desarrollen una adicción a las drogas o al alcohol que es un tema que queda pendiente por abordar sobre los ambientes prostituyentes-; algunas de las privilegiadas pueden retirarse, a diferencia de cualquier niña traficada por los industriales prostituyentes que muy difícilmente podrá irse de ahí... tal vez hasta que la maten.

Dado lo anteriormente expuesto, podemos observar cómo la prostitución es el resultado de una estructura prostituyente que pesa sobre toda la clase mujeres y que la prostitución de una mujer es pedagogía para todas y cómo, en esta nueva era de acrecentamiento del sadismo capitalista patriarcal, la heterosexualidad obligatoria se transmuta y ya no basta la lealtad y sumisión erótica a la clase privilegiada, en tanto, ahora le es necesaria la erotización y glamurización de esa sumisión colectivizada[4] . 

Probablemente, hace décadas se viene preparando el escenario, ya las feministas denunciaban la creciente cosificación del cuerpo de las mujeres. En este momento histórico se trata, pues, de apropiación del trabajo no asalariado y, además, de la legitimación, pensamiento hegemónico del uso comercial de ese cuerpo como producto, que implica la anulación de las mujeres como sujeto. Esa es la embestida actual para una recolonización de los cuerpos y las vidas de las mujeres, entonces, una mirada radical y lesbofeminista estaría dirigida a terminar de forma estructural con cualquier labor de servicio[5] de la clase mujeres a la clase hombres. 

La tarea entonces, tiene que pasar por abolir toda forma de construcción de las mujeres como clase en servidumbre, sabiendo que hay especificidades en la opresión de las mujeres y que estas especificidades de opresión no son accidentales, sino que tienen un concreto fin económico y político, la revolución en las camas, en las casas[6] y en el mundo ya no puede ser una mera consigna, literalmente nos va la vida y la libertad en ello.

REFERENCIAS


Lewontin, R.C.; Steven Rose y León J. Kamin (1987), “No está en los genes”, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Crítica, México.


HEMEROGRAFÌA


Curiel, Ochy (2007) “El Lesbianismo Feminista: una propuesta política transformadora” en América Latina en Movimiento, núm. 420


Rich, Adrienne. (1985). La heterosexualidad obligatoria y la existencia lesbiana. En Revista Nosotras. Madrid N.° 3, 1-36.


CIBERGRAFIA
Federici/ Ross, M. (2012). Entrevista a Federeci. Obtenida el 8 de febrero de 2018.La Hiedra en


Camacho, Zósimo. (2017) México: 70 mil niñas y niños víctimas de trata de personas Obtenida el 8 de febrero de 2018. Contralínea en

[1] Concepto acuñado por Monique Wittig en donde muestra que existe una estructura de la cual devienen una serie de instituciones procedimientos y valores que sustentan el poder de la heterosexualidad normando y controlando las sociedades contemporáneas, por lo tanto su poder es político. (Wittig, 1992)


[2] Institución patriarcal que por medio de mecanismos de disciplinamiento y control naturaliza la heterosexualidad como “deseo” para asegurar la lealtad y sumisión emocional y erótica de las mujeres respecto a los varones (Rich, 1985: 11) y yo agrego: con el fin de mantener los sistemas económicos y políticos que en esta lealtad y servicio se sostienen.

[3] Aquel socialmente reconocido como el que produce material o intelectualmente por un salario remunerado.

[4] Al respecto, Federicci escribe: “El capital tenía que convencernos de que es natural, inevitable e incluso una actividad que te hace sentir plena, para así hacernos aceptar el trabajar sin obtener un salario. A su vez, la condición no remunerada del trabajo doméstico ha sido el arma más poderosa en el fortalecimiento de la extendida asunción de que el trabajo doméstico no es un trabajo, anticipándose al negarle este carácter a que las mujeres se rebelen contra él”. (Federicci, 2010, p.34)

[5] Así llaman Lewontin, Rose y Kamin al determinismo biológico (1987, p.18)

[6] La presunta capacidad paridora se refiere a que sobre, prácticamente, todos los cuerpos que nacen con vulva, se presuponen que tendrán la capacidad de engendrar y parir al crecer, por lo que socialmente, se les prospecta el destino de madres. Cuerpos de mujer sobre los que desde la primera infancia se asignan culturalmente y físicamente tareas de cuidados y de servicios que sostienen gratuitamente al sistema político y económico patriarcal. La presunta capacidad paridora ha sido explicada en “Sin heterosexualidad obligatoria no hay capitalismo” y en “Apuntes sobre lesbofeminismo: notas sobre separatismo”. Ambos en http://ovarimonia.blogspot.mx/ 

[7] Aquellos que utilizan su lugar de privilegio económico, político o social para apropiarse por un espacio del tiempo de una mujer en situación de prostitución.








viernes, 8 de diciembre de 2017

CUANDO “AULA” SE DIGA EN FEMENINA, PEDAGOGÍAS Y EJEMPLOS

(Ponencia presentada en el Primer Encuentro Metropolitano de Educación)

Patricia Karina Vergara Sánchez

Pakave@hotmail.com



Mi nombre es Karina Vergara, soy lesbofeminista y docente en tres escuelas públicas de educación superior.

He respondido con gusto a esta convocatoria porque me parece que es indispensable que las docentes y los docentes nos interpelemos constantemente sobre algunas de las formas en que la educación que hoy impartimos sigue manteniendo vivos los mandatos tradicionales de la feminidad, la masculinidad y la heterosexualidad obligatoria[1], mandatos que apuntalan las relaciones opresivas entre hombres y mujeres en nuestras sociedades. Por ello, pienso que estas interlocuciones son oportunidades para proponernos estrategias transformadoras.

Comienzo por compartir que quienes asisten a las clases que imparto son jóvenes, de 19 a 25, años en su mayoría, del área metropolitana Ciudad de México-Estado de México.

Estos dos datos sobre la población estudiantil son relevantes en el sentido de que pueden remitirnos a considerar que ser joven y vivir en México en esta generación, es pertenecer a la era de la desilusión. Es decir, generaciones atrás, quienes impartimos clase, podíamos ponernos de pie ante el grupo y asegurarles que si estudiaban y se esforzaban obtendrían mejores empleos y mejor calidad de vida, o lo que la idea desarrollista vende como buena vida: Un auto, una casa, vacaciones en alguna playa.

Hoy, el avance despiadado del neoliberalismo que todo lo devora no nos permite hacerles esa oferta con honestidad. No podemos garantizarles el acceso a empleos bien remunerados, ni seguros médicos, ni pensión para el retiro, ni vacaciones pagadas. Vamos, ni siquiera jornadas de ocho horas o días de descanso. Tal como está el actual mundo laboral, los derechos de quienes trabajamos por un salario han sido despedazados a dentelladas feroces por el capitalismo salvaje. Las y los jóvenes ya lo saben, lo viven, los chicos del área metropolitana engrosan las filas de los excluidos del privilegio.

Hay espacios escolares, sobre todo los privados y las llamadas escuelas “de garaje”, que, al servicio del sistema mismo, buscan vender la idea individualista y antisolidaria de “tú si lo puedes lograr”, “los pobres son pobres porque les gusta, porque no se esfuerzan lo suficiente”. Sin embargo, estadísticamente, la precarización laboral es una realidad para nuestra población, pese al esfuerzo individual.


También, otro rostro del mismo capitalismo salvaje se les presenta ante ellas y ellos constantemente en las ofertas laborales del narco y la delincuencia organizada: "No vivirás muchos años, pero viviràs con lujos mientras no te maten", y hay a quienes les resulta una oferta atractiva.

En otro aspecto del mismo fenómeno, los grandes movimientos sociales e ideas revolucionarias que en otras décadas movían a la acción a cuerpos estudiantiles en busca de transformaciones sociales se encuentran silenciados, contenidos, acosados, y están muy lejos de los debates en los salones de clase.

Así, estamos hablando de una generación con ambiciones acotadas y utopías amputadas.

A causa de todo ello, con ellas y ellos, es preciso, urgente, mantener-despertar el interés por el conocer, por el discutir, por el pensamiento crítico, porque, justamente, la apuesta neoliberal es por sembrar la desilusión, perpetuar el convencimiento de la indefensión y alejar a las poblaciones de interlocuciones profundas, de la lectura, del análisis y negar la formación académica, privatizándola, para que quede-continúe al alcance de los privilegiados, generando así saberes cuya función esté al servicio de un mayor sometimiento de estas nuevas generaciones.

Entonces, desde la docencia, nos vemos en la obligación de alimentarles el deseo, compartirles la opción posible de disputar en el campo de los conocimientos -legitimados y no por las hegemonías académicas-, los saberes y haceres con que la población menos privilegiada interpela al mundo. Proponer la educación desde otros lugares, inventarnos rutas no transitadas, alentarles a generar sus propias utopías. Así, tenemos la tarea de inventar otras respuestas, colectivizar las preguntas y las respuestas para poder responder y respondernos en profundidad cuando nos cuando preguntan: “¿Para qué me sirve saber esto?”.

Por otra parte, a quienes imparto clase son, en su mayoría, habitantes de la zona metropolitana. No viven en la ciudad, pero tampoco en la provincia. Muchos y muchas son hijos de “trabajadores a kilómetro”[2], es decir, de personas que recorren dos, tres, cuatro horas de autopista para cumplir su trabajo en la Ciudad de México y volver a su casa, dados los costos de rentas y de adquisición de inmuebles en lugares más céntricos. Miles, millones de trabajadores que prestan sus servicios en lugares cuyas habitaciones no pueden pagar. A veces, la propia población estudiantil cumple trabajos en esas condiciones y luego viaja a la escuela, kilómetros más. También ocurre que algunos estudiantes concurran a determinado plantel no por elección académica, sino porque es el más accesible a su presupuesto, literalmente, se trata del cálculo de los pasajes que su familia sí lograría pagar. Muy escasos son aquellos o aquellas que tienen condiciones económicas cómodas. Aquellos cuyos padres tienen un negocio propio o un trabajo en el gobierno municipal, por ejemplo.

Hay otro dato que es relevante: más del 70% de la población estudiantil que yo atiendo, en licenciaturas de ciencias sociales, está conformada por mujeres.

Ser joven, del área metropolitana y ser mujer, significa pertenecer al sector de la población que es más vulnerable al acoso sexual callejero, que son constantemente víctimas potenciales de trata, pertenecen al rango de edad de las desaparecidas en el trayecto de los corredores de traslado Estado de México-Ciudad de México, son las que tienen menos oportunidades de empleo y menores salarios que sus compañeros y son, también, quienes alimentan estadísticamente el contador diario de feminicidios en una demarcación territorial, Estado de México, con Alerta de Género y en un país en donde matan a 8 de nosotras cada 24 horas[3].

En el hacer diario en el salón de clases, las estadísticas se convierten en rostros y en nombres concretos y son tremendamente dolorosas.

-Como mujer y como maestra, me siento tocada cada vez que hay una silla vacía en el aula y me entero de que es una mujer que no asiste a clases porque ha sido golpeada por un familiar o por su pareja o porqué fue agredida en el transporte público, por ejemplo.

-Me duele cuando dejan de asistir a clases porque un acosador les ha mandado amenazas por medios electrónicos y no desean encontrarlo cuando asiste al mismo plantel, o las espera fuera y no hay protocolos de protección para ellas.

-Me da rabia cuando llegan tarde porque no tenían con quién dejar al bebé, mientras el que engendró a ese pequeño y que no da pensión alimenticia, puede asistir con mayor libertad a clase, a veces en el mismo salón.

-Me desespero cuando hacen la tarea o los trabajos para el novio y lo asumen como algo naturalizado y hasta lo ríen como una gracia, cuando lo señalo.

-Me siento decepcionada cuando al pasar lista de asistencia me entero de que alguna chica no asistirá en mucho tiempo porque su embarazo no planeado se complicó y está obligada a guardar cama.

-Igualmente, cuando la chica lesbiana deja de asistir a clases por el acoso y la discriminación,

-Duele cuando una mujer que hizo una participación brillante en clase, al día siguiente no está y sus amigas me dicen en voz baja: “tuvo un problemita”, me llaman a parte y sé bien que a continuación vendrá una historia en donde sabré que la misoginia y el machismo la han alcanzado de una forma grave y que perderá días de clase o que podemos perderla a ella. El semestre pasado nos sucedió, una chica que estaba comenzando a hablar sobre la violencia del padre y de un día para otro no volvió a aparecer ni para sus amigas ni para la escuela misma.

- Se me desmoronan las esperanzas cuando estudiantes a quienes he impartido clases son denunciados por violencia sexual u otros tipos de violencia.

Dado el panorama, me parece evidente que es necesario reconocer que, a pesar de los esfuerzos conjuntos, el camino para que las mujeres en este contexto tomen clases en paz, aún es largo y nos queda mucho camino por hacer dentro y fuera de los espacios educativos.

No bastan carteles o menciones en los sitios web de nuestras escuelas que anuncien que estamos en contra de la violencia de género, o por la equidad de género, o que hagamos un periódico mural rosa sobre el tema, si lo consideramos un mero requisito protocolar y no asumimos que la transformación de las relaciones de poder entre hombres y mujeres es un proyecto cuyo leitmotiv es la vida misma de nuestras estudiantas, su supervivencia.

Es que, en muchos casos, no hemos entendido la gravedad de la situación, o, bien, estamos siendo absolutamente negligentes.

Se habla del tema, se discute el tema, los medios hablan sobre el tema, se realizan acciones al respecto y, sin embargo, parece ser insuficiente.

Hay estudiantes repitiendo los discursos recalcitrantes en donde se considera que hablar de feminicidios “es una moda”, aunque cuando nombramos mujeres asesinadas en la zona, levantan la mano para contar que la conocían, que era su compañera de secundaria o su vecina. Entonces, hablamos de una “moda” que toca en la puerta de al lado.

Se declaran aburridos de las jornadas en contra de la violencia de género, no quieren saber de más casos de violencia y, sobre todo, los chicos “están hartos de que parezca que los hombres tienen culpa de todo” y las chicas están seguras de que, si ellas son más listas o más cuidadosas, “a ellas no les va a pasar”.

Cada vez que les escucho esos discursos me conmuevo. Me conmueven sus vulnerabilidades, pero, sobre todo, su miedo enceguecedor.

Puedo leer en el discurso de los chicos el miedo a ser señalados o descubiertos como agresores, a descubrirse a sí mismos agresores, perpetuadores de violencia.

Puedo leer en las chicas el miedo a descubrir que el novio, que el amigo, puede ser uno de esos “otros” que se nombran como el monstruo, que no pueden ser ellos, pero que se parecen tanto en sus actitudes a las actitudes que se describen como de riesgo.

Por lo tanto, les proporciona cierto alivio psíquico el negar la violencia y las inequidades, señalarla como una invención de la maestra “feminazi”. Para ellas, cede la presión en el pecho y el temor si consideran la información de lo que sucede como una exageración, que no pasa, que no es real aquello que no desean reconocer en sí, en sus amigos, en sus parejas.

Es tan amenazante, tan gigante el conflicto que pareciera mejor no mirar al monstruo a los ojos, parecen concluir: “Si finjo que no lo veo, tal vez no me toque, tal vez desaparezca”.

¡Qué solas y vulnerables quedan las chicas, que son las que tienen la vida y la salud expuestas, cuando permanecen con los ojos cerrados y las manos cubriendo oídos!

Sin embargo, con todo y esas ganas de no mirar, de no saber, sí se les pregunta, nos muestran cómo actúan a diario los mandatos del patriarcado en la construcción de sus vidas cotidianas.

Antes de venir aquí, pregunté en una breve consulta a tres grupos mixtos de 40, 47 y 56 estudiantes, a quienes imparto clase, cuál era la diferencia entre una jornada normal entre un estudiante y una estudianta.

Me parecieron muy interesantes y significativas para el tema que estoy abordando, algunas de sus respuestas y por ello, las comparto;

- Las chicas, en su mayoría, se levantan una o dos horas antes que los chicos para peinarse y maquillarse. A veces el ritual comienza desde la noche anterior en donde lavan su cabello, se depilan o preparan de otras maneras.

- En dos de los grupos, las mujeres mencionaron tener que dejar hechas labores domésticas o comida preparada antes de salir de casa. En los tres grupos, mencionaron sus tareas domésticas después de llegar a casa.

- Las que son madres tienen que dejar ropas, alimentos y a les pequeñes dispuestos y llevarlos para el cuidado con abuelas o guarderías mientras ellas asisten a clases

- No es lo mismo ser hombre que mujer al recorrer el trayecto hacia la escuela, debido al acoso sexual callejero.

- Mujeres mencionaron, a veces, llegar tarde a clases por tener que esperar a que haya luz para poder transitar por calles peligrosas.

- En dos de los grupos se dieron pequeñas discusiones sobre el uso de las mujeres de la parte delantera de la camioneta combi que les transporta, el riesgo de ser acosadas por el chofer si se suben adelante; pero, también, hubo quien lo mencionó en el sentido de que podían obtener descuentos en el pasaje o favores del chofer por sentarse ahí.

- Si las chicas trabajan después o antes de clase, la ropa que es apropiada para la escuela no lo es para el trabajo por lo que llevan más ropa, accesorios y zapatos de tacón en bolsas, lo que significa cargar más cosas.

- De acuerdo con lo expuesto por los tres grupos: las mujeres son más acosadas que los hombres y quienes las acosan son hombres en el transporte público, hombres en la calle, profesores en las escuelas, policías encargados de la seguridad de los planteles en donde estudian, compañeros de escuela y conductores de bici taxis

- Las mujeres, en general, tienen más restricciones de horario y deben llegar a sus casas antes que los chicos.

- Las restricciones de horario y movilidad se reflejan en restricciones sobre a qué sitios de trabajo y salarios pueden acceder y a qué sitios de entretenimiento pueden asistir.

- Las chicas son más responsabilizadas de atender enfermos, hermanos pequeños y adultos mayores y eso se refleja en su rendimiento en los estudios

- A las mujeres las sancionan los maestros si dicen groserías y a los chicos no.

- Hay una sanción social a las chicas que no se “arreglan”.

- Los chicos pueden tener muchas parejas sexuales o muchas amigas y esa misma situación es sancionada por la propia población estudiantil cuando se trata de chicas con muchas parejas o amigos.

- A las chicas, los maestros las encargan de decorar en festividades, hacer labores de limpieza y cuidado de los espacios, coordinar actividades, pasar lista y funciones administrativas, además de tener que cumplir con los requisitos de clase. “Son más creativas, son más organizadas, saben hacer bien las cosas”, mencionan los estudiantes como naturalización de esas funciones.

- Las mujeres pelean más entre ellas, porque, textualmente: “les importan más los ideales, nosotros no nos tomamos las cosas tan a pecho” (aportación de un joven).

- Es más fácil que un maestro sea amigo de los estudiantes pues las maestras amigas de los alumnos son mal vistas y las alumnas amigas de los maestros, son consideradas oportunistas, se lee una connotación sexual en las amistades de las mujeres.

- A los hombres los ponen a hablar en eventos públicos y a las mujeres a fungir como edecanes.

- A los chicos no los favorecen tanto los maestros como a las chicas que coquetean.

- A los hombres se les pide que carguen cosas pesadas.

Estas diferencias en la cotidianidad no son meras curiosidades, son producto de los mandatos que construyen a hombres y a mujeres en nuestras sociedades. Aquí lo que vale la pena es señalar el cómo, estas diferencias en la experiencia educativa que debería supuestamente ser equitativa se convierten la formación de sujetos sociales completamente distintos.

El currículo oculto es ese que no está inserto en los programas educativos pero que también forma, son las actitudes y mensajes del entorno y de quien acompaña a quien estudia en su formación. Recordando el pensamiento de Gabriela Mistral, la enseñanza es continua: "Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en la sala de clase. Enseñar con actitud, el gesto y la palabra" (Mistral,1979:39). Se está constantemente educando y esa educación se repite todo el tiempo en los mutilenguajes y actitudes de quienes participan en el momento del intercambio de saberes y experiencias. Como lo muestran arriba, las aportaciones de les estudiantes, es posible encontrar las manifestaciones constantes del currículo de género alrededor de todo el proceso que rodea la asistencia al aula.

Por supuesto, ésta es una muy breve aproximación, únicamente alrededor del hecho cotidiano de la asistencia clases, habría que ocuparse en otros momentos de los contenidos de la enseñanza, cuyo currículo explícito es también androcéntrico e invisibilizante de las mujeres y de sus aportes.

Sin embargo, sí nos es posible mirar en unos cuantos ejemplos expresados por estudiantes, cómo estos sujetos sociales corporizan la división sexual del trabajo. Las mujeres jóvenes con carga doméstica y restricciones de horario y de movimiento, incluso con la obligación de cumplir demandas de portar determinados aspectos físicos, se enfrentarán al mundo laboral con esas limitaciones a cuestas que no serán las mismas que enfrentan sus compañeros.

Ahora mismo, en sus primeros pasos laborales, para los jóvenes conseguir un trabajo con jornada y salario definido, aunque salgan “tarde” les es más factible que para las chicas que no tienen permitido el horario nocturno o que se saben en riesgo. Un dato que observaron los grupos de estudiantes ante mis preguntas es que con más frecuencia las mujeres venden clandestinamente dulces, comida o cosméticos dentro de la escuela y lo observaban como una ventaja, yo me pregunto qué tanto es ventaja y qué tanto una manifestación de precariedad laboral para ellas.

Estas aportaciones del estudiantado merecen un mejor y más largo análisis, pero por ahora basten para ilustrar la producción de sujetos sociales en desigualdades de libertad, acceso al ejercicio de sus derechos y de poder. Estas desigualdades generan vulnerabilidad porque en este momento histórico, en las relaciones personales, quien tiene el dinero manda, quien tiene el acceso decide y quien tiene la libertad tiene más oportunidades. Me refiero a todo ámbito de la vida, en lo psíquico y en lo físico.

Entonces, si reconocemos que el currículo de los mandatos de género corre al mismo tiempo en que impartimos nuestras asignaturas, sean de historia o sean de química y si reconocemos, también, que es éticamente indispensable sumarnos a la transformación de la construcción de las relaciones opresivas entre unos y otras, habría que comenzar a preguntarnos de qué manera, desde la docencia, estamos abonando a ese currículo y de qué manera podríamos hacer apuestas que nos permitieran visibilizarlo e irle arrebatando, gesto a gesto, el lugar de opresión en que construye los aprendizajes y las cotidianidades de las jóvenes en cuya formación participamos.

Debido al tiempo estipulado para mi participación, me atrevo a dejar apenas esbozadas dos ideas respecto a lo anterior:

1.- Todo lo que hace el cuerpo educativo de cualquier espacio educativo es pedagogía, pedagogía, a veces del ejemplo y a veces de la desesperanza.

Docentes y personal administrativo que acosan, que tocan el cuerpo sin autorización, que opinan sobre el aspecto, el peinado, la ropa, el maquillaje, o las formas corporales; que repiten argumentos biologicistas sobre los destinos de los hombres y de las mujeres, incluso sobre la heterosexualidad obligatoria; que exigen a las estudiantas uso de zapatos con tacón alto o portar determinadas prendas para aprobar sus clases; que permiten e incluso fomentan tratos discriminatorios en los espacios a su cargo; que seleccionan chicas como edecanes o recepcionistas en los eventos, que designan sólo varones como jefes de equipos o de grupos, que repiten estereotipos, que critican a trabajadoras, docentes y jovencitas cuando son madres o se complican sus tareas debido a la maternidad, que revictimizan a quienes han padecido algún tipo de violencia tratando de intelectualizar o argumentan que “ella se lo buscó”, que declaran que si su hijo sale “puto” lo matan; quienes critican a la estudianta con embarazo no planeado, pero invisibilizan que el estudiante no pasa una pensión, no colabora en la crianza o discursivamente lo desresponsabilizan; que a las mujeres docentes de cualquier asignatura les identifican sin grado académico “miss” o le llaman por su nombre, mientras al docente le reconocen el “maestro”.

Docentes y personal administrativo que, incluso, acuden a capacitaciones en género, pero que en el aula recomiendan no hacer caso a las reflexiones sobre las inequidades de género; quien declara ante el grupo: “¿por qué quieren privilegios hablando de feminicidio, a ver por qué no hablan de machicidio?”. Quienes, sin formación adecuada, pretenden impartir clases o conferencias “de género” repitiendo prejuicios y lugares comunes; quienes utilizan la palabra “feminazi” para denostar los trabajos por justicia para las mujeres; quienes al nombrar un problema que padecen las mujeres enuncian: “pero los hombres también…”, sin reconocer la necesidad de la visibilidad de un fenómeno concreto; quienes equiparan el machismo con el feminismo; que se niegan a utilizar lenguaje incluyente con excusas de academias anquilosadas.

Docentes y personal administrativo, que piensan y actúan como si la violencia en el noviazgo no tuviera nada que ver con la formación que impartimos, que solapan a estudiantes golpeadores o agresores, que actúan como si nada hubiera ocurrido ante un estudiante golpeador o violentador; que, algunos de ellos mismos, son golpeadores, acosadores o agresores….

Todas ellas y todos ellos, sin duda son eficaces en generar el aprendizaje de la desesperanza[4], muestran cómo se ha mantenido hasta hoy el estado de las cosas y cómo se construye un aula, una escuela, una comunidad y un mundo en la naturalización de las opresiones.

2.- En tanto, si damos acuse de recibo sobre la responsabilidad humana que conlleva el ser parte implicada en la formación de generaciones enteras y si asumimos que podemos aportar de manera consciente y politizada hacia la construcción de emancipaciones para quienes han ocupado el lugar de la opresión, entonces podríamos plantearnos principios, como el ir desmontando las prácticas expuestas en líneas arriba cuando las reconocemos, pero también, entendiendo que es preciso que trabajemos por una revolución educativa en las aulas.

Reconociendo que en su principio histórico las aulas fueron concebidas para varones y que hay ya un camino recorrido cuando esas aulas son ya ocupadas por las mujeres, pero que ya no basta con que se les asigne un pupitre. Es necesario que hoy las aulas comiencen a poder construirse en femenina. Es decir, que el currículo explicito nombre a las mujeres y las reconozca, que brinde referentes, espejos y lugares reconocimiento a las propias estudiantas, pero, también, mirando hacia un horizonte próximo en donde se comiencen a impartir de forma explícita e implícita propuestas de formación antipatriarcal, que se cuestionen de manera sistemática los estereotipos, que se desanclen explícitamente de los cuerpos y las psiques de docentes, administrativas, trabajadoras y estudiantas, que propongamos estrategias en donde nos involucremos en acciones efectivas en la forma en que se enfrenta la violencia contra las estudiantas en los hogares, en el traslado a la escuela, durante su estancia, frente al acoso cibernético, en la prevención de los feminicidios y de las violencias todas.

No se trata de invisibilizar a los estudiantes, como maliciosamente se rumora desde las visiones más retrogradas, cuando se invita a pensar en una educación antipatriarcal, sino a asumir el reto histórico de visibilizar a las mujeres, aportes, necesidades y la historia política de nuestras resistencias. En este punto y para concluir, me permito tomar algunas de las palabras de la pensadora Claudia Korol que utiliza para explicar la educación popular, pero que yo recojo para pensar, paralelamente, en una educación antipatriarcal que enfrente a la pedagogía masculinista de la desesperanza: “Es una pedagogía de la libertad, frente a las que refuerzan la alienación. Es una pedagogía que hace del acto de enseñar y aprender, una de las tantas maneras de comprender y transformar el mundo. Es una pedagogía del placer, frente a las que escinden el deseo de la razón. Es una pedagogía de la sensibilidad, de la ternura, frente a las que enseñan la agresividad y la ley del más fuerte…” (Korol, 2006:24).

Aulas en femenina, para pensarnos e inventarnos el resistir y emanciparnos de los sistemas racistas, sexistas, económicos, adultocentristas, heterocentrados y todos aquellos que nos invisibilizan, atomizan y convierten en engranajes al servicio del estado de las cosas, que nos asesina. Revolución educativa para mantenernos vivas.



REFERENCIAS

MISTRAL. G. (1979). Magisterio y Niño, Ed. Andrés Bello. Chile

SELIGMAN. M. (1983). Indefensión, Ed. Debate, Madrid.

INSTITUTO NACIONAL DE ESTADÍSTICA Y GEOGRAFÍA (2017). “Estadísticas a propósito del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer (25 de noviembre)”.

http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/aproposito/2017/violencia2017_Nal.pdf

KOROL. C. (2006) Pedagogía de la resistencia y de las emancipaciones,

http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/gt/20101019091139/7Korol.pdf

Consultado en noviembre de 2017.



[1] Institución patriarcal que por medio de mecanismos de disciplinamiento y control naturaliza la heterosexualidad como “deseo” para asegurar la lealtad y sumisión emocional y erótica de las mujeres respecto a los varones (Rich, 1985: 11) y agrego: con el fin de mantener los sistemas económicos y políticos que en esta lealtad y servicio se sostienen.


[2] “workilómeters” es un término acuñado por la mercadotecnia. Aproximadamente uno de cada 10 trabajadores del Valle de México está en esta situación.




[3] De acuerdo con un anuncio del INEGI este 24 de noviembre de 2017


[4] La “desesperanza aprendida” es un término acuñado por Martin Seligman que se refiere al convencimiento de los individuos sobre que “nada puede cambiarse”, que se haga lo que se haga no se encontrará solución. En este caso, se convence a las generaciones en formación de que los mandatos de género, así como abusos de poder otras opresiones que se imbrican en estos casos, y todas sus violencias son ineludibles.